Aficiones: Es un apasionado
de los deportes. Le gusta ver cualquiera de ellos. A la hora de practicar
prefiere el ciclismo, el tenis o la natación. En sus ratos libres
le gusta disfrutar del cine (especialmente de terror) y dedicar algún
que otro rato a la lectura.
A sus 20 años,
Fernando tiene una madurez muy superior a la que por su edad le correspondería.
El hecho de estar compitiendo desde muy pequeño, con lo que eso
conlleva a nivel de viajes, relaciones y experiencias, le ha hecho ser
una persona responsable, que mira el futuro con la cabeza fría.
Fernando sabe
muy bien lo que quiere (ser el número 1 del automovilismo, claro
está), y dirige todos sus esfuerzos a ello, sin dejarse llevar
por todos esos elementos que rodean a un adolescente, más aún
si vive la fama.
La primera impresión
que se tiene al verle, es la de una persona muy tímida. Pero cuando
uno se acerca un poco más a él, su desparpajo impresiona.
Sobre todo con los más allegados, gusta de gastar bromas y pasar
buenos ratos siempre con la sonrisa en la boca.
Su sencillez es una
de sus cualidades más preciadas, y resalta más todavía
en ese mundo de cierta ostentación donde se mueve. Las máscaras
o las estridencias no van con este joven prodigio.
Fernando
Alonso cuenta con un impresionante palmarés competitivo. El piloto
español de Renault obtenía el Campeonato de España
de Karting en categoría Junior a los 13 años. Su determinación
por la victoria iba incrementando a medida que transcurría eltiempo
y dos años después se convertía en campeón
del mundo de karting en categoría Junior.
El indudable talento que atesora el joven piloto asturiano y sus innumerables
logros no ha pasado desapercibidos para el mundo de la F1. Si seguimos
repasando el historial de Fernando, nos encontramos que en 1997 sumaba
su tercer campeonato de España de karting. A partir de ahí
da el salto al campeonato de Europa de kart antes de hacerse con el Euro
Open Movistar en 1999.
La temporada 2000 es la de su introducción en la F1, ya que realiza
labores de probador para Minardi a la vez que compite en la Fórmula
3000. Es ahí cuando sus actuaciones llaman la atención de
diversos equipos de la F1, entre ellos Ferrari y Benetton. Alonso estaba
enrolado en el equipo Astromega y sus mejores resultados en la F3000 fueron
un sexto puesto en Austria, un segundo en Hungría y una victoria
en Bélgica, que le valieron para finalizar el campeonato en sexto
lugar.
En el 2001 y a pesar de ser piloto de Renault, Fernando debuta en la F1
defendiendo los colores de Minardi, donde comparte equipo con el brasileño
Tarso Marques. Sus grandes actuaciones a pesar de lo limitado del coche
con el que competía llevaron a Renault a reclamarlo a sus filas
y apartarlo de la competición durante el 2002 para que se concentrara
en las labores de probador.
Después de un año familiarizándose con el equipo
y su forma de trabajar, Alonso se ha convertido esta temporada en piloto
oficial de Renault, donde afronta su segunda temporada en la F1.
Su
padre construyó un kart rudimentario para su hermana Lorena, pero
fue Fernando el que le sacó rendimiento cuando aún no llegaba
a los pedales.
Fuerte y formal. La leyenda que acompañó a John Wayne durante
toda su vida bien podría aplicarse a Fernando Alonso. Asturiano
puro, de carácter casi recio. Como su padre, José Luis.
No da nunca un elogio de más, ni muestra sus sentimientos salvo
con sus íntimos. Y formal porque sabe distinguir entre los que
le apoyan de siempre y los advenedizos. Aquel que le haya despreciado
sabe que, ahora que es el hombre de moda del deporte español, no
podrá tener nada de él. Una personalidad forjada desde que
a los tres años se subiera por primera vez a un kart. Fue una tarde
de 1984 en el párking de un centro comercial.
Los padres de Nano, como le llaman sus amigos de Asturias, nunca pudieron
permitirse demasiados lujos. Vivían en una casa de 70 metros cuadrados
en un barrio humilde de Oviedo. El padre trabajaba en una empresa de explosivos
como maestro mecánico y la madre tenía que compaginar las
tareas caseras con su labor de dependienta en El Corte Inglés,
donde sigue. Tanta normalidad es rara, por otra parte, en las biografías
de la F-1.
Cinco años después de que naciera Lorena, la hermana mayor,
vino al mundo Fernando. Fue el 29 de julio del 81. Desde el primer momento,
José Luis quiso que sus hijos cumplieran una afición frustrada
suya, el kárting, donde el cabeza de familia hizo sus pinitos con
veinte años. Construyó un kart rudimentario para su hija...
y se estrelló. Decidió entonces que se subiera el niño.
No llegaba a los pedales, pero, como dice José Luis, “no
se chocaba con nada, ya iba. Yo se lo ponía al ralentí porque
él no podía acelerar ni frenar y yo le acompañaba
a pie. Y mira, igual que otra gente se gasta el dinero en una escopeta
y se va a cazar los domingos, yo me lo gastaba en ir con mi hijo a las
carreras de karts”. El niño, que reconoce que hoy en día
no se acuerda de nada de aquello, pronto estaba con cuatro años
participando en sus primeros grandes premios, eso sí, de pueblo.
Así lo cuenta Fernando: “Íbamos a las fiestas. Allí
se hacían carreras de karts para niños. Los demás
tenían entre seis y siete años y, claro, siempre era el
último”.
Su padre define al Fernando infantil como un “chico tranquilo, pero
con carácter. Siempre hizo lo que quiso y he sido yo mucho más
cauto que él. Le puedo pedir tranquilidad en el coche, que él
siempre va a tope. Es así desde que llegaba a los pedales”.
Su encuentro con Genis Marcó fue vital para que su dominio en las
pistas de kárting españolas se trasladara también
fuera de nuestras fronteras.
Alonso dormía en casa de Genis Marcó y éste destaca
que siempre estaba callado, pensando en volver a competir. Su timidez
era asombrosa: “Como ahora, pero multiplicado por cien. Recuerdo
un viaje a Italia en coche en el que podía haberse pasado todo
el camino en silencio si yo no llego a decirle nada. Sus respuestas eran
sí o no, nada más. Luego cogió confianza y, además,
en muchos sitios éramos los únicos españoles”.
Con seis años, Fernando Alonso ganó su primera carrera.
Y con siete, ya era campeón infantil de Asturias. Ocho victorias
en ocho carreras. El niño había dejado de jugar para tomarse
las cosas en serio: “Llevo 17 años compitiendo al máximo.
La gente se asombra de mi juventud, pero yo no. En realidad soy un veterano,
aunque siempre haya sido el más joven en todo lo que he corrido”.
De ciudad en ciudad, y de título en título, con un Peugeot
a los circuitos mientras los padres de los otros iban en BMW y Mercedes.
La carrera del chico fue fulgurante y José Luis, su padre, hacía
de mecánico y consejero. Pasó a cadete y entonces la afición
empezó a convertirse en algo prohibitivo. “Le compré
un kart con 11 años y debíamos cuidarlo hasta los 18. Teníamos
que empezar a competir en Europa y yo no podía hacer frente a esos
gastos. Entonces apareció Genis Marcó. Él fue nuestra
salvación. Entonces todo cambió. Él era importador
de karts y Fernando estrenaba uno por carrera. Conseguía dinero
de patrocinadores para pagar los viajes y si no lo ponía él.
Es el Adrián Campos de los karts y en el fondo casi más
importante”. El salto a la profesionalidad es muy caro. Una temporada
con estos monoplazas a alto nivel salía por 20 millones de pesetas.
Genis Marcó, un catalán que es toda una institución
en las carreras y también ha llevado a Antonio García, conoció
a Fernando gracias al dueño del circuito de karts donde éste
solía entrenarse: “Tú que buscas gente buena, tengo
un chico que podría interesarte. Tiene mucho talento”. Genis
le hizo una prueba: “En su segunda carrera, un Campeonato de España,
acabó segundo. Algo innato tenía que tener”.
Marcó y Fernando empezaron a convivir juntos mientras José
Luis hacía de mecánico. Más de uno se coló
al no tratarle como el padre. Se creían que era uno más.
Juntos comenzaron a viajar por Europa, sobre todo a Italia, donde pronto
se hizo un prestigio a base de ganar a los intocables pilotos locales.
En su primera prueba allí, hizo el segundo puesto en entrenamientos
ante el asombro de todos. Pese a sus repetidas victorias en el Campeonato
de España, nadie hablaba de su trayectoria.
Con un sueldo de 100.000 pesetas al mes, llegó con 14 años
al Mundial de karts. Allí dio sopas con onda a un tal Kimi Raikkonen,
sí Iceman, el ganador del último GP de Malaisia. Al final
del 95, probó un Fórmula Toyota y le ofrecieron hacer el
campeonato, pero las condiciones no eran buenas. En su primer año
mundialista logró el tercer puesto y una temporada después,
con 15 años, ya era campeón del mundo.
Pensaba seguir en los karts, pero el ex piloto le fichó para la
Fórmula Nissan de 1999, que ganó. Pasó a la F-3000,
donde llamó la atención del gran circo.
Después del fallido proyecto de la Fórmula Elf Campus francesa,
Alonso volvió al karting donde siguió como profesional...
Hasta que se cruzó en su vida Adrián Campos. Aquélla
fue la clave para que ahora el asturiano esté ahora en uno de los
cuatro grandes de la Fórmula 1.
El ex piloto y jefe de equipo necesitaba un sustituto para Marc Gené
en la Fórmula Nissan. El catalán, que al final ganaría
el campeonato, no quería seguir en el campeonato de monoplazas
y Adrián quería un hombre de talento. Antonio García
le dijo que conocía a un chaval del kárting que era realmente
bueno. Resulta que era el mismo chico que asombró a Campos en una
prueba de exhibición de karts en Barcelona, el Marlboro Masters
del 96. Adrián se reunió en junio de 1998 con él
y su padre y le costó convencerles. “¿Seguro que no
nos costará nada?”, dijo José Luis, desconfiado. “Seguro,
seguro”. Era la tercera vez que el asturiano tanteaba su debut en
los monoplazas y siempre había encontrado algún gato encerrado.
“Aquella vez lo que más me sorprendió fue lo poco
que hablaba. Apenas dijo palabra”, cuenta Campos.
Al término de aquella temporada, Alonso probó el coche de
Gené en Albacete y al segundo día ya estaba rodando al ritmo
de la pole del sabadellense. Era la segunda vez en su vida que llevaba
un coche con marchas y ya iba como un tiro. Marc, asombrado, no cesaba
de reírse en el muro de boxes. Aquel niño era un portento.
Además de la resistencia inicial de los Alonso, Campos tuvo que
luchar con el problema de subir un piloto no valenciano a un monoplaza
patrocinado por el Circuit.
Al principio del Open de 1999, Fernando tuvo un par de salidas de pista
cuando tenía de lejos la victoria. Una de ellas, muy sonada, fue
en el Jarama. “Le dije que se tranquilizara —cuenta Adrián—,
que no hacía falta que fuera con el dedo en la garganta todo el
rato. Enseguida aprendió y el resultado fueron nueve pole position,
seis victorias y ocho vueltas rápidas”. No tenía carnet
y, con 17 años, volaba en los circuitos a 250 km/h. Se lo sacó
nada más alcanzar los dieciocho, curiosamente sobre un Renault
Megane y lo curioso es que, según el propio Alonso, “el profesor
de autoescuela me decía que iba demasiado despacio”.
Alonso, con su primer título de monoplazas bajo el brazo, debía
seguir su escalera hacia la gloria y el paso natural fue la Fórmula
3000, que compartía escenario con los Schumacher y Hakkinen. Ha
sido la única vez que llevó sponsors para competir y a punto
estuvo de no poder correr.
El ovetense conoció a Alejandro y Ricardo en una prueba de kárting
en Asturias cuando apenas tenía cuatro años. Tuvo que compaginar
carreras con estudios hasta llegar a COU.
Fernando Alonso también es fiel a sus amistades. El ovetense conserva
sus dos mejores amigos, Ricardo Morán y Alejandro Rodríguez,
a los que conoció en los karts cuando tenía sólo
cuatro años. Se conocieron en una carrera en Ribadesella y desde
entonces son todo lo inseparables que les dejan sus compromisos. Pasaron
de jugar al fútbol los domingos de carreras a salir a cenar y a
jugar a los bolos en su Asturias natal. Son compañeros de bocadillo,
Coca-Cola y furgoneta, recuerdos infantiles y primeros amores.
Esta parcela también está relacionada con las carreras.
De hecho, Ricardo y Alejandro siguen ligados a este mundillo. El primero
es telemetrista del equipo de Adrián Campos y hace sus pinitos
con la Copa Hyundai, mientras que Alejandro quedó tercero en el
campeonato de Asturias de rallys. Ambos destacan la increíble rapidez
de su amigo, al que sacan tres años: “La verdad es que no
había manera de ganarle. Y eso que, de pequeño, era bastante
bajito y nosotros algo más mayores. Siempre supimos que era bueno,
pero cuando eres pequeño no tienes conciencia de estas cosas. No
fue hasta que ganó el Mundial de karts cuando nos dimos cuenta
de que llegaría lejos”.
Ricardo destaca de la personalidad de Fernando su timidez: “Muy
reservado. Nunca le gustó salir de copas como otros chicos de su
edad. Lo suyo ha sido estar tranquilo con su familia y salir si acaso
de tarde. Aún quedamos de vez en cuando. Las carreras te hacen
madurar antes”.
Y es que desde temprana edad, el trío de Ribadesella tuvo que crecer
muy deprisa. Debían estudiar durante las competiciones, que muchas
veces eran fuera de Asturias, y no disponían del tiempo que tenían
otros chavales de su edad. “Pese a eso —cuenta Alejandro—
Fernando siempre sacó muy buenas notas. Nunca tuvo problemas. En
realidad, siempre hace bien todo aquello en lo que se empeña”.
El ovetense estudió de los cuatro a los catorce años (1985-95)
en el colegio Santo Ángel de la Guarda. Allí cursó
primaria y EGB. Lo dejó en octavo y de los profesores de entonces
sólo quedan dos. Uno de ellos, Antonio Pastrana, reconoce haber
madrugado en el GP de Malaisia. Más patente aún es la huella
de Alonso en su instituto, el Leopoldo Alas Clarín de San Lázaro,
donde estuvo de 1995 a 2000. El director, Alberto Saráchaga, expediente
en mano, recuerda a Alonso como un “buen estudiante, salvo en COU,
curso con el que no pudo copado por los compromisos deportivos”,
y le describe “equilibrado y tímido”.
El centro tenían una notificación del Ministerio de Educación
para que Nano pudiera compatibilizar las clases con la competición,
al ser considerado por el Estado deportista de alto nivel. Alonso hacía
pellas consentidas.
Bernie Ecclestone, el patrón de la F-1, intervino directamente
para que el asturiano fichara por Renault y debutara con Minardi en la
temporada 2001.
Cuando Fernando Alonso se bajó del podio después de vencer
en Spa con la Fórmula 3000, aquello parecía un mercado persa.
Allí estaba Gerhard Berger, de BMW, que fue a felicitarle. Y hubo
otros grandes que se interesaron por él. También Ferrari
y un equipo emergente que volvía al año siguiente con la
escudería Benetton, Renault. Debían comprar los derechos
del ovetense a Minardi, que se adelantó a todos el verano anterior.
Williams no lanzó una propuesta muy clara y Ferrari condicionó
su relación con la escudería a un período indefinido
como piloto de Prost. Fue la marca gala quien más se volcó
con aquel chaval de 19 años. Cinco años de contrato y un
proyecto para hacerle campeón.
En ese momento intervino Bernie Ecclestone, el dueño de la Fórmula
1, que se reunió con el chaval y su mánager Adrián
Campos y les hizo saber que Renault iba en serio y, para debutar en el
gran circo, podía hacer una temporada cedido en Minardi. Ecclestone
estaba preparando la era post Schumacher y había visto en Fernando
un talento descomunal. Además, con este joven español podía
conseguir relanzar la F-1 en uno de los mercados de Europa donde peor
funcionaba. Meses después de aquella reunión, Alonso achuchaba
en Montmeló con su submotorizado Minardi a los Benetton Renault,
mientras Ecclestone afirmaba orgulloso: “Mi equipo ideal de pilotos
lo formarían Michael Schumacher Y Fernando Alonso”. Casi
nada.
Pese a tener muchos abandonos y problemas a lo largo de aquella campaña,
Alonso asombró a la prensa especializada. La revista británica
Autosport le nombró tercer piloto más valorado del año,
por detrás de Michael Schumacher y David Coulthard. En Suzuka llegó
a adelantar al BAR de Panis, 100 CV más potente, en su mejor carrera
hasta Melbourne 2003. Y su lucha durante todo el año fue hacer
la pole de los pobres, el 18º puesto. Por coche, debía ser
el 21º. Sólo una vez, en el GP de Malaisia, fue batido por
su compañero de equipo Tarso Marques. Y fue por un calvario mecánico.
Fernando cumplió veinte años en Hockenheim y allí
logró su mejor puesto de la temporada, décimo. Sin llegar
bien a los pedales (era el coche de Marques) y con el motor a punto de
reventar: “It’s fantastic, fantastic”, repetía
sin cesar el dueño del equipo, Paul Stoddart. El australiano quiso
seguir con él un año más, pero Alonso debía
dar ya el salto a uno de los grandes, Renault.
La pole y el podio de Malaisia han desatado la pasión por ‘Nano’,
al que los ingleses ya alaban tras criticarle por llegar a la F-1 en el
lugar de Button.
La Alonsomanía comenzó en Malaisia, pero la primera piedra
se puso en el GP de Francia 2002, cuando fue anunciado como piloto titular
en sustitución de Jenson Button para 2003 . La prensa británica
montó en cólera y se dedicó a destacar la presunta
inexperiencia del asturiano. A Briatore no dejaron de preguntarle por
su decisión y ahora se deshacen en alabanzas con él. El
verano pasado Fernando entró de lleno en el desarrollo del nuevo
coche, el R23, con visitas diarias a la fábrica desde su apartamento
de Oxford y aportaciones como la posición de conducción,
la más tendida del gran circo. El resultado, el mejor chasis de
la F-1.
Parece mentira que el ovetense haya sido criticado en Gran Bretaña,
porque en realidad es ya casi un hijo adoptivo. Lleva dos años
viviendo allí. Primero en un apartamento típicamente inglés
en pleno centro de Oxford y desde el 13 de enero pasado en otro más
amplio en un suburbio de lujo de la ciudad, The Waterways. Todo blanco,
de parqué y con muebles de Ikea. Dos habitaciones. 900 euros al
mes de alquiler.
El niño de todos. Desde allí, prepara sus viajes y supervisa
todos los detalles. Su obsesión por el trabajo es total y lo suaviza
con un excelente humor. Desde que llega a la fábrica del equipo,
una broma por aquí, una sonrisa por allá... Es el niño
de todos y la pimienta latina en un ambiente aséptico y aburrido.
Nano está a las diez en la cama, pero no le importa. Nunca fue
trasnochador.
La preparación física es fundamental en su vida. Sin ella
quizás no hubiera podido acabar la carrera de Sepang. Con 39º
de fiebre, el corazón bombea más lento y el cerebro puede
tener pérdidas de concentración. Con niveles casi de ciclista,
el ovetense tiene 42 pulsaciones en reposo. Y puede llegar a 210. Su mayor
capacidad para rendir en circunstancias extremas le ayudó a mantener
el Renault en la pista.
Se machaca tres horas al día para mantenerse en forma. Matteo,
su preparador, ha sido campeón de
Italia de triatlón. En otra época de la F-1, Alonso no habría
podido terminar la carrera, y más después de pasarse la
noche del sábado al domingo casi sin dormir y sobre unas toallas
empapadas por su sudor. Pero ahora, los pilotos son auténticos
atletas. ¿Para cuándo el próximo podio? Es una incógnita
pero con El Toro, como le llaman en el equipo, todo es posible.